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14 de noviembre de 2025 | 07:00Desalinización en Limarí: opción real, brecha económica vigente y cultivos premium
Un análisis económico impulsado por ODEPA dice que la desalinización de agua de mar es una de las alternativas para aumentar el suministro hídrico. Si bien su uso en Chile no se ha masificado, principalmente por su elevado costo, se visualiza como una potencial alternativa.
El estudio económico liderado por la Oficina de Estudios y Políticas Agrarias (ODEPA) en la cuenca del Limarí parte de una premisa que ningún productor cuestiona: la desalinización de agua de mar es técnicamente factible y aporta seguridad hídrica en un escenario de sequía estructural.
La pregunta clave, sin embargo, es si su tarifa final cierra para los distintos rubros. Según el análisis difundido en octubre de 2025, que combinó encuestas de disposición a pagar (DAP), estimación de capacidad de pago (CDP) y la proyección de costos de una planta desaladora a nivel de perfil, el costo estimado de abastecer al agro vía una planta de desalinización supera tanto la DAP como la CDP promedio de los regantes del Limarí; la excepción la constituyen cultivos de muy alto valor, con el cerezo como caso emblemático.
El levantamiento de ODEPA, encabezado por Mónica Martínez Olivares del Departamento de Sustentabilidad y Cambio Climático, recoge el interés del territorio por sumar una fuente adicional a la oferta de embalses y pozos, pero también confirma la brecha económica que frenó iniciativas anteriores. En 2024, el propio Estado licitó un estudio para determinar DAP y CDP en Limarí como insumo a la decisión pública y privada, explicitando el objetivo de dimensionar cuánto puede pagar realmente el agro por el metro cúbico y bajo qué condiciones contractuales.
Desde el punto de vista técnico, la desalinización por ósmosis inversa entrega agua de muy baja salinidad y, por lo mismo, requiere remineralización o mezcla con otras fuentes para ajustar calcio, magnesio y el índice SAR antes del riego; sin esa corrección, aparecen riesgos agronómicos y de suelo. Esta etapa añade complejidad operativa y costo, especialmente si la mezcla implica conducir agua a puntos de entrega alejados del litoral. Organizaciones técnicas especializadas, como la asociación española AEDyR, recomiendan explícitamente remineralizar o mezclar para riego agrícola.
El componente energético es otro pivote del modelo. Informes de referencia para Chile advierten que el costo de la energía y el diseño de captación y descarga de salmuera pueden inclinar la balanza, más aún en esquemas rurales con baja densidad de demanda.
La Comisión Científica Asesora de Cambio Climático subraya que la desalación puede ser parte de la solución a la inseguridad hídrica del país, siempre que se aborden integralmente trazado, energía, impactos y gobernanza, en particular cuando el destino es riego y no solo consumo urbano o minería.
En la región de Coquimbo, la conversación no es nueva. Hace una década se evaluaron alternativas de plantas y trazados para alimentar sistemas de agua potable rural y otros usos, con propuestas de caudales del orden de 50 litros por segundo y distintos sitios de toma; si bien fueron pistas útiles, el cierre financiero para el agro no ocurrió por costos y prioridades de inversión. El antecedente es ilustrativo: sin contratos firmes y una estructura tarifaria clara, el riesgo de demanda desalienta a los desarrolladores.
¿Qué haría viable un proyecto agrícola en Limarí?
La propia evidencia de ODEPA apunta a una secuencia: comenzar por los cultivos que capturan más precio y pueden soportar tarifas altas por m³, como cerezo y otros frutales premium; asegurar programas de compra mediante contratos a largo plazo con bloques de demanda comprometidos; y reducir la tarifa efectiva mediante mezcla con agua continental cuando exista, energías renovables en el suministro eléctrico y economías de escala con usuarios no agrícolas. El estudio resume que, sin ese andamiaje, la mayoría de los rubros no logra cubrir el costo pleno de la desalación.
La experiencia internacional entrega lecciones útiles. FAO ya señalaba que la desalación es una tecnología madura para abastecimiento urbano, y países como España la han extendido al riego en zonas mediterráneas, con resultados positivos cuando se combinan tarifas diferenciadas, mezcla de fuentes, energía renovable y fuerte gestión poscosecha para capturar valor.
La agricultura es una actividad económica fundamental en la provincia de Limarí, ubicada en la Región de Coquimbo, Chile; con cultivos como uvas, cítricos, olivos y hortalizas que abastecen tanto al mercado interno como para la exportación. Sin embargo, la cuenca del río Limarí, que abarca gran parte de esta provincia, enfrenta un creciente déficit hídrico debido a las sequías prolongadas (entre 2000 y 2023) y los efectos del cambio climático.

Los estudios hidrológicos indican que la oferta de agua es insuficiente para regar la superficie potencialmente cultivable, estimada en unas 54.600 hectáreas. En condiciones hidrológicas promedio previas a la sequía de 2014, solo unas 23.000 a 24.000 hectáreas podían considerarse bien regadas.
Esta escasez ha provocado una serie de impactos económicos negativos para los agricultores, incluyendo reducción de rendimientos, pérdidas directas, cambios a cultivos menos demandantes e incluso la pérdida total de plantaciones. Asimismo, la agricultura se ha visto presionada a invertir en un riego más eficiente, lo cual es apoyado fuertemente por el Estado.
En paralelo, el mundo acumula cerca de 20 mil plantas que producen más de 80 millones de m³ diarios, un recordatorio de que la escala importa y reduce costos unitarios, pero también de que la gobernanza y la finalidad del agua condicionan la aceptación social.
Para el agrofrutícola exportador del Limarí, la implicancia es directa. Si la cuenca quiere usar agua desalada para sostener superficies de alto valor, deberá ordenar demanda y logística: sitios de entrega cercanos a los polos productivos, ventanas de riego coordinadas entre productores, protocolos de mezcla y monitoreo de calidad, y una gobernanza que asegure continuidad del servicio en periodos críticos de maduración y cosecha.
Solo así la ecuación económica mejorará hasta un punto de equilibrio que permita pasar del papel al campo. Sin ajuste iónico y manejo del SAR, el riesgo agronómico aumenta; sin energía competitiva y trazados eficientes, la tarifa se dispara.
El camino, en suma, no es de blanco o negro. El estudio económico de ODEPA concluye que la desalación puede ser parte del portafolio hídrico del Limarí, pero hoy cierra primero para nichos de alto valor y bajo acuerdos de consumo firmes; el resto de la matriz requiere innovaciones contractuales y operativas para que el metro cúbico marino sea pagable.
El caso local replica una tendencia global: la desalación aterriza en el agro cuando hay cultivos que monetizan su costo, infraestructura que minimiza pérdidas y una gobernanza que reparte riesgos entre Estado, operadores y usuarios.


