Noticias Agrícolas
23 de enero de 2026 | 06:20

ONU alerta “bancarrota hídrica” global y ya producir alimentos con menos agua ya no es opcional

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Un reporte de la Universidad de las Naciones Unidas advierte daños irreversibles en acuíferos, lagos, humedales y glaciares, y llama a un “reseteo” de la agenda hídrica mundial, con la agricultura como principal frente de adaptación.

La “crisis del agua” acaba de recibir un nombre más incómodo y, según Naciones Unidas, más realista: “bancarrota hídrica”. Un informe de la Universidad de las Naciones Unidas (UNU-INWEH) sostiene que el planeta está entrando en una etapa en que muchas cuencas y acuíferos pierden la capacidad de recuperarse a sus niveles históricos, porque la demanda humana no solo consume el flujo renovable anual, sino que además agota ahorros naturales acumulados por siglos en aguas subterráneas, glaciares, lagos y humedales.

El diagnóstico no es abstracto: el reporte y su cobertura internacional describen señales consistentes de sobregiro, como el descenso de grandes acuíferos, el encogimiento de lagos y la pérdida de humedales, además de efectos en cadena que ya son visibles en distintas regiones, desde pozos cada vez más profundos hasta hundimiento de suelos por sobreexplotación subterránea. 

En ese contexto, la agricultura queda en el centro del problema y también de la solución, porque concentra cerca del 70% del uso mundial de agua dulce, por lo que cualquier ajuste estructural al “nuevo presupuesto hídrico” pasa inevitablemente por la forma en que se riega, qué se produce y dónde se expande la frontera agrícola.

El reporte alerta que el fenómeno ya impacta a miles de millones: Reuters recoge que alrededor del 75% de la población mundial vive en países con inseguridad hídrica y que unos 4.000 millones de personas experimentan escasez severa de agua al menos un mes al año. Para el mundo agroalimentario, esto se traduce en mayor volatilidad productiva, estrés sobre la agricultura de riego y un aumento del riesgo de fallas simultáneas en zonas abastecedoras, una combinación que puede escalar a presiones sobre precios, cadenas logísticas y disponibilidad de alimentos.

Lejos de plantear solo “más obras” o “más oferta”, los autores proponen un giro: tratar el agua como capital natural finito y dejar de planificar como si los sistemas siempre volvieran a la normalidad tras una sequía o un episodio de contaminación. La UNU-INWEH plantea un “reseteo” de la agenda global del agua, con foco en reducir daños, mejorar eficiencia, rediseñar incentivos y priorizar decisiones basadas en ciencia, especialmente en territorios donde la recuperación ya no está garantizada.

Para el agro, el mensaje es directo: la competitividad futura no se medirá solo por rendimiento y acceso a mercados, sino también por resiliencia hídrica verificable. Tecnificación del riego, modernización de infraestructura, gobernanza de acuíferos, reconversión hacia sistemas menos demandantes y trazabilidad del uso del agua pasan de ser “buenas prácticas” a condiciones de continuidad productiva en un escenario donde la bancarrota hídrica deja de ser advertencia y se instala como realidad operativa.

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