Noticias Agrícolas
6 de marzo de 2026 | 05:398M en el campo: contar las historias que aún faltan y el rol del periodismo agrícola
El 8 de marzo también nos interpela como periodistas agroalimentarios: contar, visibilizar y poner en el centro las historias de las mujeres que trabajan por el agro y que sostienen el campo y enfrentan desafíos.
Por Andrea Bustos, periodista agroalimentaria internacional y vicepresidenta de la Asociación de Periodistas y Comunicadores Agroalimentarios de Chile.-
Cada 8 de marzo el mundo recuerda la lucha de las mujeres por la igualdad de derechos y oportunidades. En el campo latinoamericano —y particularmente en el chileno— esta fecha también nos invita a mirar con atención un territorio donde miles de mujeres sostienen silenciosamente la producción de alimentos, el cuidado de la tierra y la vida rural, pero donde aún persisten brechas profundas que muchas veces permanecen invisibles.

Quienes ejercemos el periodismo agroalimentario tenemos una responsabilidad particular. Nuestro trabajo no sólo consiste en informar sobre exportaciones, innovación o mercados. También implica mirar el territorio con sensibilidad y profundidad, escuchar a las personas que trabajan la tierra o que dirigen los campos, y poner en el centro sus historias, sus desafíos y sus sueños.
En ese sentido, es urgente visibilizar el rol de las mujeres rurales, también de las que son parte de la agroindustria, de las que están en áreas de investigación, producción, academia, cargos directivos… en fin a todas las que trabajan en esta gran cadena.
En Chile y en gran parte de América Latina, las mujeres participan activamente en la agricultura familiar, en la cosecha, en la administración de predios, en el emprendimiento agroalimentario, en cargos técnicos en la agroindustria y afortunadamente accediendo a los cargos directivos como también en áreas de transmisión de conocimientos agrícolas. Sin embargo, muchas de ellas aún enfrentan barreras para acceder a control de su propia tierra, financiamiento, tecnología, capacitación, redes de comercialización o incluso acceso a posiciones directivas en las empresas del sector.
La brecha tecnológica es uno de los desafíos más evidentes. Mientras la agricultura avanza hacia la digitalización, la agricultura de precisión y el uso de datos, muchas mujeres rurales aún tienen acceso limitado a conectividad, herramientas digitales o formación tecnológica. Y sin embargo, cuando esas oportunidades llegan, las mujeres demuestran una enorme capacidad de adaptación, liderazgo e innovación.
He visto agricultoras que, con acceso a capacitación y acompañamiento, logran transformar pequeños predios en emprendimientos sostenibles, incorporar sistemas de riego eficientes, vender a través de plataformas digitales o mejorar la gestión de sus cultivos con herramientas tecnológicas.
La tecnología, bien aplicada, puede ser una gran aliada para reducir brechas. Pero para que eso ocurra se necesitan políticas públicas consistentes que acerquen la innovación a los territorios rurales y que consideren explícitamente a las mujeres como protagonistas del desarrollo agrícola.
También es fundamental mirar a las nuevas generaciones. Muchas jóvenes que crecen en zonas rurales sienten que deben emigrar a las ciudades para encontrar oportunidades laborales o profesionales. Sin embargo, el campo del siglo XXI —con innovación, agroindustria, economía circular y nuevas tecnologías— puede ofrecer oportunidades atractivas para ellas.
Para lograrlo se requiere fortalecer la educación técnico-profesional agrícola, promover el acceso de mujeres jóvenes a carreras ligadas al agro, impulsar programas de formación digital y generar ecosistemas de emprendimiento rural que permitan desarrollar proyectos de valor agregado desde los territorios.
El desafío no es menor, pero tampoco es imposible. Chile cuenta con instituciones, universidades, centros de investigación y programas públicos que pueden ser parte de esta transformación. Lo que se necesita es una mirada estratégica que integre equidad de género, desarrollo rural y modernización tecnológica.
En este contexto, también es importante que las políticas públicas del actual gobierno sigan profundizando en estas materias, escuchando a las mujeres que aman el agro, incorporando sus necesidades reales y generando instrumentos que mejoren su calidad de vida, su autonomía económica y su participación en las decisiones del sector agrícola.
Porque cuando una mujer rural tiene acceso a oportunidades, no sólo mejora su propio bienestar: mejora el de su familia, su comunidad y su territorio.
Como periodistas agroalimentarios —y especialmente como mujeres periodistas que recorremos el campo, conversamos con productores y conocemos de cerca sus realidades— tenemos la oportunidad y la responsabilidad de contar estas historias.
Historias de esfuerzo, de resiliencia y también de innovación.
Historias que muchas veces no llegan a los titulares, pero que sostienen silenciosamente el sistema alimentario.
En este 8M, más que conmemorar, el desafío es visibilizar. Dar voz. Abrir espacios. Y recordar que el futuro del agro también se escribe con el talento, la fuerza y la visión de las mujeres rurales.
Porque el campo necesita más oportunidades.
Pero sobre todo, necesita que sus historias sean contadas.


